La guerra de los quesos que pone a México entre Europa y Estados Unidos
En mayo de 2026, México y la Unión Europea firmaron la modernización de su acuerdo comercial. Además de bajar aranceles, el acuerdo obliga a México a brindar protección especial a cientos de productos europeos ligados a su lugar de origen: 568 indicaciones geográficas en total, de las cuales, unas 55 pertenecen a quesos como el Parmigiano Reggiano italiano, el Feta griego, el Gruyère francés y el Gorgonzola italiano.
Lo que parecía una cuestión técnica de propiedad intelectual se volvió un conflicto diplomático cuando Estados Unidos, principal proveedor de queso para México, puso el tema sobre la mesa al negociar la revisión del T-MEC.
Para entender el cuál es el conflicto hay que saber qué son las denominaciones de origen y las indicaciones geográficas: se trata de figuras de propiedad intelectual que protegen el nombre de un producto, cuya calidad o fama se debe a su lugar de origen, a su clima, a sus materias primas y a la forma en que se tradicionalmente se elaboran. En México las conocemos bien: el tequila, el mezcal y el café de Veracruz son ejemplos de nombres que no cualquiera puede usar. Europa lleva décadas convencida de (y apostando por) este modelo, y su protección va más allá del uso del nombre, pues las más recientes tendencias protegen, incluso, la mera evocación del nombre en un producto que no tiene la autorización para usarla.
Para un europeo, el "Parmiggiano Reggiano" es un queso de color, sabor y textura distinguible que solamente puede elaborarse y provenir de ciertas provincias del norte de Italia, siguiendo reglas estrictas sobre sus materias primas, fabricación y hasta empaquetado, ya que son estas reglas las que le dan dicho color, sabor, textura y olor característicos, y estas reglas, nombre y uso deben protegerse para evitar su dilución, desvanecimiento y hasta daños reputacionales.
Estados Unidos lo ve de otra forma. Hace muchos años, cientos de miles inmigrantes europeos inundaron el territorio estadounidense trayendo consigo los nombres de sus quesos, pero dejando atrás sus materias primas, su tierra y, en muchos casos, sus métodos de elaboración. Los hicieron como recordaban con lo que tenían en el nuevo territorio, y llevan siglos elaborándolos y comercializándolos con los nombres que trajeron de importación.
Es por ello que, para los estadounidenses, nombres como parmesan o feta se consideran nada más que la descripción del tipo de queso que se vende, necesaria para que el consumidor lo distinga, y que cualquier productor o vendedor puede usar sin que tengan que sujetarse a ningún tipo de regla o inspección especial. Por eso, en los supermercados estadounidenses (y mexicanos) hay parmesano de Wisconsin y feta de California.
Desde la óptica europea, lo que hacen los productores estadounidenses es un aprovechamiento indebido de la fama que otros construyeron. Desde la estadounidense, es simplemente el nombre de un queso.
El problema para México, al estar en medio de ópticas tan distantes, es tanto político como monetario: Estados Unidos le vende a México alrededor de mil millones de dólares al año en queso (casi el 30% del queso que se consume), mientras que la Unión Europea le vende unos 200 millones.
El representante comercial estadounidense ha dicho que la protección de las Indicaciones Geográficas europeas en México amenaza el acceso de sus productores al mercado mexicano. Ya desde diciembre de 2025 había advertido que la renovación del T-MEC dependía, entre otras cosas, de que México encontrara una solución a esta dicotomía, siempre que la solución implique que sus productores puedan seguir vendiendo en México quesos llamados "parmesano" o "feta", sin tener que reetiquetarlos con salvaguardas como "estilo" o "tipo" o “imitación” (que, dicho sea de paso, no serviría de nada contra el estándar de protección que exige la Unión Europea).
Este choque no es nuevo. En la negociación original del T-MEC, Estados Unidos consiguió que México se comprometiera a mantener como genéricos 33 nombres de quesos; lista que, según los productores estadounidenses, resulta insuficiente ante la variedad de quesos que exportan. Por su parte, el acuerdo con Europa permite que las empresas que ya usaban esos nombres en México sigan usándolos, mientras se distingan claramente sus productos de los europeos protegidos.
Más allá de quién gane esta disputa, el caso deja una lección para productores, comercializadores y marcas en México: el nombre de un producto es un activo legal, y su valor puede cambiar por decisiones que se toman en otro lado. Si una empresa produce, importa o distribuye alimentos con nombres de origen europeo, conviene revisar sus etiquetas, sus marcas y sus contratos, y seguir de cerca la ratificación del acuerdo y la revisión del T-MEC. También conviene recordar que el mismo sistema que hoy incomoda a algunos es el que protege al tequila y al mezcal en todo el mundo.



